viernes, 17 de marzo de 2017

LA VIDA EN TORNO A LA ESCUELA DE BENI HADIFA

Said imparte sus clases en Beni Hadifa, a 46 kilómetros de Alhucemas. Es un pequeño pueblo de apenas 2000 habitantes, en una zona rural . La escuela en la que trabaja es un complejo de edificaciones de una sola planta que dibuja un cuadrado. El patio de recreo ocupa el área, y no está totalmente asfaltado. Los servicios compartidos también se ubican ahí.
La clase de Said es, diríamos, el vértice superior derecho. Su voz se escucha más nítida a medida que nos acercamos. Dentro, 40 alumnos atienden en completo silencio.
Es un grupo heterogéneo que entreteje sus historias hilvanando la solidaridad. La chica retraída de la tercera fila camina todos los días durante dos horas para llegar puntual a la escuela. Su primo mayor es también alumno, y juntos recorren de nuevo el camino de vuelta al acabar la jornada.
"No suele tener faltas de asistencia. Su familia hace un esfuerzo enorme"-nos dice Said en un castellano con acento marroquí y vicios estructurales del francés-. "Tienen poco dinero. Sus amigos y amigas comparten los libros de texto con ella".
La mirada del docente recorre fugazmente la mesa de otra alumna y la pared que está detrás de nosotros. Habla con la niña, que saca un cuaderno de debajo de la mesa. Las hojas se presentan vestidas con nombres personales, caracteres árabes, números varios y cuentas matemáticas. La estructura del relato está decidida.
"Son sus compañeros los que le han comprado parte del material escolar, a iniciativa propia. Pidieron dinero a sus familias y cada una aportó lo que pudo. Son ellos mismos los que gestionan los fondos que consiguen".
Al lado del encerado, un folio con siete fotografías de tamaño carnet representa, uniendo con líneas los retratos entre sí, una estructura piramidal.
"Hemos creado una asociación. Estos son los encargados de recoger las demandas de sus compañeros y de hacérselas llegar a quien corresponda, que generalmente soy yo"- dice con media sonrisa y levantado los hombros. " Son muy activos. Y críticos. Se ayudan mucho"-sus dientes ya iluminan por completo el gesto.
Beni Hadifa, Marruecos
Habla con conocimiento de causa. En el corto trayecto hacia su vivienda las muestras de afecto entre los vecinos son notorias.
" A veces llego a casa sin dinero. Salgo de la escuela y me cuentan que tienen algún tipo de urgencia ¿ Qué voy a hacer? Aquí nos tenemos que ayudar entre todos".
Said forma parte de la remesa de funcionarios de educación que, mientras trabajaba en Europa con un contrato gestionado por el gobierno marroquí, repatriaron antes de lo establecido. Su familia más cercana (progenitores, pareja, hermano e hijos), se ha quedado en Ermua ( Vizcaya), lugar donde se mudaron cuando a él le contrataron.
"Nuestra hija ha nacido allí. Nuestro hijo no, pero tiene tres años. Todos los recuerdos, todos los lazos, los tiene allí. A él no le gusta Marruecos"-comenta inusualmente serio-. "Tenemos que decidir si vienen, se quedan donde están o se trasladan a La Línea, en Andalucía".
No habla abiertamente de las razones de su expulsión, pero un ciudadano marroquí afincado en el País Vasco, cuyo nombre no tenemos autorización para publicar, se muestra convencido de que es una represalia por las protestas antigubernamentales que el profesorado afincado en Europa llevó a cabo en distintas ciudades del continente. Sea como fuere, Said no participó en las manifestaciones.
El programa de colaboración entre el ministerio de educación marroquí y los ministerios de varios países europeos sigue vigente, por lo que la plantilla de los centros que imparten la asignatura "Lengua árabe y cultura marroquí" ha sido renovada. Los destinados a centros vascos no dominan ni el castellano ni el inglés. No parece casual que desamparo y desarraigo caminen juntos en este caso.
Es noche cerrada. El último autobús ha salido pero alguien que no conocemos nos ha prestado un coche, y Said se ofrece a llevarnos. Mientras tanto, la silueta de unos niños se torna reconocible de a poco entre el precario alumbrado nocturno. Traen dos bolsas repletas de los dulces que han sobrado en casa.
"Para vuestra familia"-dicen.
Y como siempre, sonríen.

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