sábado, 17 de diciembre de 2016

NADOR: BLAINE E ILSA EN CASABLANCA

Nador es "Casablanca". La película.
Sin Bogart ni Bergman ni el piano de Sam llorando las lágrimas que Blaine e Ilsa no se permitían, pero febril, rastrera, vigilante, traicionera.
Asomada a la atalaya transcontinental ( apenas 200 kms por mar) y con Melilla ( 16 kms) como  puerta del patio trasero  europeo, en Nador  bulle el tráfico: rodado, marítimo, aereo...y más. Mucho más.
Basta con  caminar por las calles paralelas al paseo  para que Mohamed nos recomiende guardar el móvil. En las aceras, mantas extendidas improvisan un mercadillo donde se venden objetos que los tenderos no compraron. Alguien que está siendo seguido nos está siguiendo, un hombre nos increpa, otro me grita que me afeite y ríe conmigo cuando a mí me da la risa, le pregunto a Mohamed por el monte Gurugú y miente que no sabe, que no lo conoce, que no está cerca.
En esta zona adyacente al mar los edificios tienen marcado estilo europeo, las calles son anchas, están bien asfaltadas y el ambiente se muestra  opresivo. Es un hormiguero humano de caminantes con retrovisor.
Incómodo con la atmósfera y nuestras preguntas, Moha nos va alejando subrepticiamente del núcleo del galimatías. Nosotros le dejamos hacer, le conviene destensarse.
Nador bulle

Y así es, porque cual matrioska con sorpresa, existe otro Nador completamente distinto muy cerca de alli.
Un Nador africano, un Nador  previo al crecimiento poblacional que lo ha sobrepasado, un Nador de calles sin asfaltar, niños jugando, casas coloridas de baja altura y  vida tranquila. Un Nador al que se llega andando en apenas media hora desde "Casablanca", aquel otro Nador.
Enlazamos en nuestro caminar con una zona intermedia, limbo entre dos mundos: el futbol base local se entrena en un moderno campo de hierba artificial, las plazas rebosan de juegos entre críos y adultos, los adolescentes se sonríen buscándose tras el humo... Las escenas se nos antojan reconocibles.
La prudencia mira al cielo y comprende por qué ha empezado a tiritar. No es miedo, es que empieza a anochecer. "Mejor volvemos a Alhucemas", nos sugiere entre susurros.
De vuelta a "Casablanca" por la avenida principal caemos en la cuenta de que la densidad de alojamientos ofertados es desmesurada. Ciudad de paso. Intuímos que también de peso. Y a juzgar por el estado de muchos de los hostales, ciudad de urgencias. Anonimato y fugacidad. Si te he visto no me acuerdo.Trato hecho.
Los buses ya han salido, así que toca compartir taxi. Mohamed acuerda el precio del trayecto y mientras esperamos a que el coche se llene, un hombre abre la caja  de electricidad del poste de la esquina de la estación, deja un sobre dentro, cierra la puerta y se aleja sin mirar atrás. Zuri y yo disimulamos nuestra señal de aviso: atentos.
Un taxista baja del vehículo, recoge el sobre y vuelve a entrar al taxi. Deja el sobre en el asiento del copiloto. Sin abrirlo, sin nerviosismo, sin llamar la atención, sin nada. Todo normal.
Otro hombre nos mira fijamente. Le sostenemos la mirada y le saludamos. Media sonrisa es la respuesta.
"Ibai, Zuri, ya estamos siete"-Mohamed nos informa de que el taxi va a salir.
Volvemos a Alhucemas.

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