Estoy seguro de que la teoría del caos se fraguó en una parada de taxis marroquí.
Me imagino al físico avezado observando el trajín apoyado en el lateral del taxi que saldría hacia su destino a una hora indeterminada, exactamente a las que el coche se llene en punto. Allí apostado dibujó esquemas relacionales, anotó cambios en los sistemas, atisbó las consecuencias y reorganizó apuntes.
Hace bastante menos tiempo, nosotros observábamos los vaivenes de nuestro contacto en Nador intentando que el taxi se llenara lo antes posible. Más de media hora y tres personas después, siete anchoas bípedas emprendíamos rumbo a Alhucemas. Mohamed ocupaba el ala izquierda del asiento trasero, malhumorado porque habiamos decidido volver en taxi. En el ala derecha, una sexagenaria con el brazo escayolado protegía su cuerpo invocando al espíritu del Daniel Pasarella más territorial. Su codo mellaba mi costillar en cada curva. En el centro, Zuri y yo demostrábamos con nuestros cuerpos nuestra destreza en el Tetris.
En el asiento del copiloto dos hombres compartían espacio y conversación.
No llevamos diez minutos cuando la señora se duerme. O es sonámbula o su codo es un ente autónomo independiente de ese cerebro que desahoga su cansancio entre profundos resoplidos.
La cara de Moha no mejora, pero el olor producido por el hacinamiento empeora. Le hago a Zuri un comentario irónico sobre la relevancia de las especias en Marruecos y el remedio no sana la enfermedad. Le entra un incontrolable ataque de risa, le pido que por favor pare, me responde entre espasmos que no puede. Siento que somos el coche teledirigido de Kafka. Cómo se divierte el cabrón.
Los cinturones no sirven para nada, las normas de circulación tampoco, las líneas continuas son un gasto absurdo de pintura.
Suena el teléfono de la bella durmiente. Levanta la pantalla sin abrir los ojos, grita un monosílabo y sigue roncando. Admirable.
A medio camino el chófer comienza a hacer aspavientos. Algo va mal. Esa misma mañana habíamos abandonado un autobús que se averió a mitad de trayecto entre las dos ciudades...No podía volver a pasar. Pero sí.
Unos kilómetros más adelante el taxi para delante de lo que parece un restaurante de carretera. Los tres hombres de delante bajan y miran el motor. La mujer de mi derecha abre la puerta, vomita, cierra y sigue soñando. Inmutable. Impertérrita.
Prodigioso.
Esta vez yo también estallo en una carcajada incontrolable.
Mohamed no. Mohamed sigue enfadado.
Los mecánicos circunstaciales han arreglado el desperfecto y vuelven al coche. El chófer le ofrece a la mujer ir al baño. Ni se inmuta. Tras insistirle, abre los ojos, responde vagamente entre brumas somnolientas y vuelve ipso facto a despeñarse en su sueño.
Es mi ídolo.
Zuri y yo creemos morir desternillados. O por accidente de circulación. O por caer barranco abajo. O por falta de oxígeno.O por...qué más da, puestos a morir que sea de risa.
El móvil de mi nueva referente vuelve a sonar unas cuantas veces. La secuencia es siempre la misma: grito monosilábico y a conversar con Morfeo. Todo en un nanosegundo.
Ya se divisan las luces de Alhucemas, pero no, aun no hemos llegado.
En la periferia de la ciudad nos da el alto un control policial. Nos piden la documentación. Nada más. Ni cinturones ni plazas permitidas. Sólo quiénes somos y a dónde vamos.
A los del pasaporte extranjero también qué hacemos en Marruecos y con quién estamos, dónde nos alojamos y por qué volvemos a esas horas. Nosotros respondemos con el protocolario "no entiendo", "ez dut ulertzen", "I dont understand", "no capisco" y todo el inventario de la torre de Babel. Todo menos el que les dé cancha.
Mohamed conversa con ellos. Está incomodísimo. Los tres de delante se giran y nos sonríen. El conductor nos tranquiliza con gestos. Nosotros estamos bien. La mujer...La mujer duerme.
Uno de los policías intenta despertarla, ella ronronea convenientemente, compiten en tozudez y la señora gana por goleada. Joder Ibai, no te rías ahora. Zuri, ni se te ocurra.
El agente desiste y la mujer ni siquiera ha abierto el bolso.
Qué profesional.
Tras largos dimes y diretes nos dan el visto bueno.
Podemos seguir. Incluso nos recomiendan un hotel de la ciudad. Cerquita de la cala, buena calidad, buen precio.
Shukran agente, muy amable.
Ahora sí, ya estamos en Alhucemas. Vamos al piso que ya vale de aventura por hoy.
Distintas perspectivas de un mismo país, tomando como base nuestra propia experiencia. Aportaremos nuestro diario de viaje, nuestra visión social, describimos paisaje, fauna, y la última imagen la aportarán los comentarios de los residentes allí. Asómate y acciona el mecanismo del caleidoscopio. La interpretación de lo que veas te corresponde solamente a ti. Bienvenido.
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Jejejeje Conozco este camino, yo también fui una vez del Nador al Hucema en taxi.
ResponderEliminarPues si, los taxis son horribles en Marruecos (El transporte publico en general), pero bueno, no hay sólo cosas horribles, sino que hay muchas bonitas :) :)
Por supuesto
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