A través de sinuosa orografía se insinúa Bulungula, serpenteando ante ti apenas un instante, fugaz como guiño de difícil descifrar que yerra el ansia de sentir.
Vagarás durante horas por tierras yermas de áridas pieles con el océano al fondo, certeza y arribo, avanzando con las velas plegadas entre mares de dudas, gestionando la incertidumbre con cada palada de miradas cómplices, conservando frescos los víveres enlatados en sonrisas.
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| "Sigan este plano..." Bulungula |
Las referencias que nos dieron se desdibujan cual faro inerme que capitula ante la niebla: el nombre de la tienda tras la que había que dejar la carretera no es el mismo,
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| "Aquí dejen la carretera", Bulungula |
la escuela del techo azul está más lejos, la valla amarilla se reduce a una estaca y no somos capaces de encontrar los huts de color melocotón...De repente, la señal.
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| Bulungula |
Y la recompensa. En la desembocadura del río el paisaje encabrita los sentidos: un amanecer frente a la playa virgen, un paseo con la luna llena de linterna,
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| Anochecer en Bulungula |
convivencia con los habitantes de la aldea y la banda sonora permanente de las olas del mar.
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| Solos en la playa, Bulungula |
Pero conviene desanudar la venda de los ojos que también cubre la mente, desoír los cantos de sirena del paraíso terrenal y atender a los gemidos antropológicos que horadan las rutinas: urgen potabilizadoras de agua, infraestructuras que permitan superar la subsistencia, alfabetización y educación, comida...
Es duro sobrevivir en el paraíso.
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